|
Querida
España:
¡O,
España! Me has defraudado tantas veces que ya he perdido la cuenta. He
tratado—Dios bien lo sabe—de perdonar la tierra donde nacieron mis
antepasados. El único país fuera del mío que he visitado y donde me he
sentido como en mi casa. Tú hablas mi idioma,
eres
la base de mi cultura, y
sin embargo me rompes el corazón una y otra vez. Tú fuiste la cuna de
mis bisabuelos: Asturias, Galicia, Tenerife. Más para ti, no somos más
que niños insolentes que no merecen respeto ni dignidad. La isla donde
mis abuelos y mis padres nacieron dejó de ser tu colonia hace más de 100
años atrás, pero ante tus ojos aun somos esa villa traidora del nuevo
mundo bien merecedora de tanto dolor y muerte.
Y aun
así…he tratado de perdonarte. ¿Cómo puedo negar mis raíces? Tú nos has
dado tantas cosas maravillosas: Jamón Serrano y mazapán, el flamenco,
Picasso, Tempranillo, el espíritu de aventura, el idioma de Cervantes.
Cuando camino tus calles, veo tantas cosas que me recuerdan a mi cultura,
mi herencia. Las caras me lucen familiares—sus risas y carcajadas me
recuerdan a las mías.
Tú nos has
enseñado tantas cosas buenas, pero también otras que hubiéramos
preferido no haber visto.
Hemos
heredado el modelo de corrupción burocrático del que ha sufrido tu
propio gobierno por muchos siglos. Por cientos de años como colonia tuya,
laboriosamente nos enseñaste a reír, cantar y bailar—pero también nos
enseñaste a oprimir, subyugar y silenciar la libre expresión. Tú
exiliaste y mataste a nuestra gente sin ningún remordimiento. Tú
perseguiste a los padres y arquitectos de nuestra libertad—nuestros
Martís, nuestros Maceos. Y cuando finalmente rompimos tus cadenas
oprobiosas, te resignaste y esperaste la próxima oportunidad para de
nuevo imponer tu voluntad sobre nosotros.
Sesenta
años—se puede decir que hicimos un papel bastante bueno por 60 años.
Durante ese tiempo, tú te escondiste en las sombras, fingiendo ocasional
aprobación de nuestro éxito en público, pero sintiéndote molesta en tu
fuero interno; nos habíamos atrevido a liberarnos de tu influencia
corrupta y cada paso adelante que dábamos era otra espina en tu costado.
Es verdad que también teníamos nuestro complemento de líderes y
gobiernos corruptos; tú nos enseñaste bien. No obstante, éramos los
dueños de nuestro propio destino. Si deseábamos arruinar nuestro país no
necesitábamos que alguien a miles de millas de distancia lo hiciera por
nosotros. Teniendo todo en consideración, no hicimos un mal papel —comparado
con tu dominación—hasta que llegamos a nuestro 57vo aniversario de
independencia. Ahí fue cuando la escoria del comunismo infectó a nuestra
surgente nación, una nación compuesta por tus hijos.
Tú
encontraste poco de que preocuparte; la culpa era nuestra, te dijiste.
La mayoría de los padres tratarían de suavizar un regaño por el mal
comportamiento de un hijo con un abrazo, sólo para dejarle saber que
aunque no aprueban su acción aún le aman y se preocupan por él. Por el
contrario, tú—nuestro
creador,
nuestro padre, nuestro maestro—te regocijaste en nuestra caída.
Cuarenta y ocho largos años. Por 48 años, nos has visto sufrir, morir y
gritar pidiendo ayuda. La apatía es vil, pero no lo suficientemente vil
para ti, mi amada España. La postura de observadora, mirando a tu hijo
emancipado languidecer en opresión, nos es suficiente para ti. No, tú
quieres contribuir algo más, quieres apretar los tornillos un poco más,
profundizar la daga en la herida. Nosotros lo merecemos, tú dices.
Debemos recoger el fruto de nuestra insubordinación.
El
papel de espectador pasivo no te satisface. Te gusta participar de la
matanza. Tú afilas la espada del matador para que entre en la carne del
toro con resistencia mínima. Tú gritas con júbilo en cada puñalada de la
hoja contra el toro. No es más que un deporte para ti, una diversión
necesaria para castigar nuestra rebelión. Nosotros buscamos libertad –
tú buscas venganza.
Algún
día, mi querida España, nos veremos libres de la tiranía y la opresión
de nuevo y no nos olvidaremos de quienes fueron nuestros verdugos. Al
igual que hoy cuentas los billones de dólares que te han enriquecido con
la sangre de mis hermanos cubanos también debes contar los días—pues
nuestra liberación se acerca cada vez más. Puede que pienses que Cuba es
aún tu colonia, para ultrajarla según tus deseos, pero se acerca el día
cuando sentirás de nuevo el dolor de la derrota y entonces te darás
cuenta que Cuba le pertenece a los cubanos—a los hombres, las mujeres y
los niños que dieron sus vidas para hacerla libre.
Si, he
tratado de perdonarte, España, la tierra de mis antepasados—Dios lo sabe
bien. Pero no puedo. No puedo olvidarlo yo, ni mis hijos, ni los niños
de mis hijos. Nuestra sangre mancha tus manos y ahora te toca a ti
presentarte ante el Todopoderoso para pedir perdón y redención. Adiós,
mi querida España: puedes decir de mí lo que quieras… menos que nunca lo
intenté.
Sinceramente,
Alberto
de la Cruz |